Cruces de Estambul

Una novela de Laura Esgos

Novela de Laura Esgos

Despedida

Vuelo
Estoy volando
Grecia, Italia, Barcelona
Vuelo y me alejo…

de sus manos (danza)
de su boca (luna)
de sus ojos

(moros)

Nunca lo volveré a ver. Lo supe antes de separarnos, en el último dolmuş camino al aeropuerto. Las farolas de Estambul iluminaban su rostro intermitentemente a través del cristal. Eran naranjas, esas farolas. Siempre lo son, hasta en Turquía.

El dolmuş es un medio de transporte habitual en Estambul, híbrido entre el autobús y el taxi.

Durante tres días, habíamos sido inseparables. Habíamos jugado a ser exploradores, descubriendo juntos un mundo nuevo. Más nuevo para mí que para él, quizás, puesto que yo nunca había pisado la alfombra mullida de una mezquita y él sí le había arrancado ecos al suelo de alguna catedral. Era un musulmán muy culto. Doctor en Biología. Hablaba con simpatía de Nueva York y les sostenía la puerta a las mujeres sin hiyab. Un hombre moderno.

No hace falta pagar al entrar. Cuando uno se sienta, le entrega el dinero al pasajero de delante y éste irá pasando de mano en mano hasta el conductor, en un sencillo y grandioso acto de buena fe colectiva.

Sólo tres días. En el último dolmuş, volvimos a ser simples viajeros que tras coincidir en un destino, regresan cada uno a países distantes. Y opuestos. Porque la distancia no sólo se mide en metros sino también en maneras de pensar. Yo lo miraba, sentado a mi lado. Me llenaba los ojos de él sabiendo que jamás, jamás podría volver a hacerlo. La luz intermitente resbalaba por su rostro serio, tan moreno. Tenía la piel de color chocolate y  el reflejo anaranjado lo acariciaba con suavidad. Su mano descansaba en el asiento junto a la mía. Deseé su contacto. Creo que hice un gesto. Él alargo un dedo y me rozó el dorso. Un instante. Cerré los ojos y lo sentí sonreír. No nos dijimos nada más. En realidad, ya estaba todo dicho.  

Para ser conductor de dolmuş, tan sólo hay que cumplir dos condiciones: Tener el carnet de conducir en regla y estar casado.

En el aeropuerto, la luz era blanca.
Hería la vista.


Sobre la importancia de una lámpara

En el invierno de 1875 se inauguró la primera línea de metro de Constantinopla. Unía la zona financiera de Karaköy, a orillas del Cuerno de Oro, con el lujoso barrio residencial de Pera, en lo alto de la colina de la Torre Gálata. Era un elegante vagoncito de madera pintada al estilo antiguo, propulsado a vapor, y como hacía un recorrido cuesta arriba, más parecía un funicular que un metro, aunque entonces nadie entendiera la diferencia. Estaba destinado a ahorrarles tiempo y esfuerzo a cientos de diplomáticos europeos, banqueros y empleados de bolsa que vivían en la colina, y trabajaban abajo, en la ciudad. Todos los días, por la mañana y por la tarde, solían formarse tropeles de levitas negras y sombreros de copa por las callejuelas estrechas de Karaköy, así que Henri Gavard, un avispado ingeniero francés, convenció al sultán Abdul Aziz para construir un moderno transporte subterráneo. Constantinopla tuvo su metro, el segundo en todo el mundo, tras el de Londres. Era una ciudad progresista.

Sin embargo, el Tünel, el Füniküler, el simpático y flamante metro de Constantinopla, no tuvo el éxito esperado. Imagino la estación de Karaköy ese invierno. A la salida del sol, cientos de diplomáticos europeos, banqueros y empleados de la bolsa saldrían del vagoncito en desbandada, con prisas por llegar al trabajo. Y luego… Luego, nada. La estación se quedaría vacía hasta el anochecer, cuando el tropel volvería a presentarse allí y desaparecer en su interior.

Mon Dieu, esto es un desastre —diría Henri Gavard, rascándose el cogote—. ¿Pog qué el resto de habitantes de Constantinopla no utiliza mi metgo? ¿Pog qué siguen subiendo y bajando a pie por esas callejuelas incómodas?

Henri Gavard era francés y tardaría algún tiempo en comprender que quienes utilizaban su metro eran todos cristianos. Los musulmanes, que eran mayoría en la ciudad, no se metían allí dentro ni a la fuerza.

—Pero, ¿pog qué? ¿Qué pgoblema tiene Alá con mi metgo?

Aún tardaría un poco más en enterarse de que los imanes de la ciudad afirmaban que era pecado recorrer el mundo subterráneo antes de morir. Henri Gavard era un hombre práctico, así que apeló al sultán. El sultán había invertido mucho en su proyecto. Había dado a Constantinopla la fama de urbe moderna y liberal. ¿Y ahora se lo iban a arruinar con supersticiones? No, no. El sultán, califa del Imperio Otomano, tuvo una charla teológica con los imanes. Estos, tras reflexionar, discutir y, sobre todo, ser obsequiados con valiosos regalos, aclararon que sólo era pecado recorrer el mundo subterráneo si estaba a oscuras. Así, Henri Gavard obtuvo sus pasajeros musulmanes al precio de unas cuantas lámparas de gas distribuidas regularmente a lo largo de los quinientos metros de recorrido.


Extranjeros

—Tu país está lejos.
—El tuyo también.

Se llamaba Adil. Cuando nos conocimos, había humo de fresa en el aire. Suele ocurrir en los cafés nocturnos de Estambul. Humo de fresa de narguilés y el sobrio entrechocar de las fichas del backgammon. La música árabe templaba el ambiente y sus ritmos densos y sinuosos dibujaban lánguidas volutas en las nieblas del tabaco oriental.     

Él se llamaba Adil y venía de un lugar de nombre terrible y calor especiado. Nunca le pregunté por qué viajaba. Ni él a mí. Nos encontramos, eso fue todo. Él estaba serio, entre sombras. Sus ojos eran intensos en la penumbra del café. Vio que lo miraba y alzó su vaso. Aparté la vista. El fantasma de su nación lo envolvía con forma de tigre.

Es de Pakistán. ¿No te da miedo?

No allí. No en Estambul, donde ambos éramos extranjeros en una ciudad a mitad de camino. Allí teníamos algo en común. Allí podíamos conocernos.

—Enséñame tu idioma.
— Si tú me enseñas el tuyo. 

Me tomó de la mano. Estiró mi índice.

Ek —dijo.
Estremecida, susurré:
— Uno. 

Estambul

Estambul                          Estambul

 Ni Europa ni Asia pero un poco de ambas. Ciudad partida en dos, encrucijada del mundo antiguo, centinela entre dos mares y dos continentes. Capital de tantos imperios de tantas culturas. Dos mitades que casi se juntan.

Casi…

Si existe una palabra para describir lo que sucedió entre Adil y yo, ésa es Estambul.


Sobre las cartas perdidas

El 28 de marzo de 1930, Turquía anunció que las cartas dirigidas a la ciudad de Constantinopla dejarían de entregarse. Imagino el caos en una estafeta de correos cualquiera, en Leicestershire, por ejemplo, donde una digna señora inglesa con chaqueta de punto rosa y tacones cómodos insistiría en que ésa es la dirección que le dejó su hijo soldado.

—¿Cómo que Constantinopla ya no existe? Pero mire, si me lo ha escrito aquí mi hijo, ¿lo ve? Cons-tan-ti-no-pla. ¡Con lo que me ha costado aprendérmelo! “No, mamá, eso que dices es la Acrópolis, en Grecia. Y eso otro, el Lago Constanza, en Italia. ¡Constantinopla! La ciudad de Constantino. ¿No te acuerdas de tus lecciones en la escuela?”

Constantino el Grande, claro. La respetable abuelita haría memoria, recordaría cómo le recitaba las hazañas del emperador al maestro Perry e insistiría en la estafeta que Constantinopla existe, ¡claro que existe!

—Es que ahora se llama Estambul, Madam —diría el empleado de correos, con paciencia.

—¿Stan-qué? No, no, no, yo quiero que envíen el paquete a Constantinopla. ¡Usted pretende engañarme para que le envíe estas galletas caseras a algún pagano pero son para mi Charlie! Haga el favor y ponga el nombre correcto. Mi hijo no está en ese Stanpool suyo.

¿Cuántas cartas se habrán perdido hasta que el mundo se familiarizó con el prosaico nombre de Estambul? ¿Y en que limbo postal se habrán quedado? Todo porque el gran Atatürk decidió cortar por lo sano, empezar de cero, y al tiempo que expulsaba al último califa del Imperio Otomano, pisoteaba el nombre milenario de su propia ciudad.

Istanbul. Un nombre nuevo para un país moderno. Un nombre puramente turco. Cuenta la leyenda que su origen se hunde en el griego clásico “eis tên Polin” (εις τήν Πόλιν), que significa “en la ciudad” o “a la ciudad”, y que era el nombre que utilizaban los soldados turcos para referirse a la única megápolis suficientemente grandiosa en la región. Istanbul. Un nombre para estar orgullosos. Suena mucho más turco. Mucho más propio.

Resulta irónico que, según los estudios etimológicos modernos, el nombre de Istanbul no es más que una simplificación histórica de la palabra original: Constantinopolis.


Este es el inicio de la novela inédita «Cruces de Estambul», de Laura Esgos, trenzada con historias sobre esta maravillosa ciudad y sobre el significado más profundo de la palabra «tolerancia».

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