El secreto de las Islas Olvidadas

Una novela de Laura Esgos

Novela de Laura Esgos

Capítulo 1

Las Islas Lébridas

Yara Leto llevaba toda su vida esperando que pasaran cosas pero nada, absolutamente nada cambiaba en la pequeña isla donde vivía. Hacía ya mucho tiempo, una niebla mortecina se había arrastrado poco a poco, sin prisas, con pasos blancos de fantasma, y se había tragado aquel rincón perdido del mundo. Tenía hambre de alegría y sed de recuerdos, así que se alimentó de los de sus habitantes hasta hacerse espesa y pegajosa. Ahora estaban tan acostumbrados a ella que ni la notaban, a pesar de que la mayor parte del día tenían que caminar con los brazos extendidos para no tropezar unos con otros. Ni siquiera Yara  podía imaginar que las personas que conocía no fueran meras figuras desdibujadas, y eso que ella era… ella era distinta.

            Esa niebla eterna era lo que provocaba la ausencia de cambios en la isla. Los días se sucedían como los radios de una rueda que gira: uno tras otro, todos iguales. Cada día, Yara recorría el mismo sendero ceniciento para ir al colegio, tropezando siempre con la misma piedra y metiendo siempre el pie en el mismo charco, que por cierto, jamás desaparecía a pesar de que nunca llovía. Cada día, el mismo profesor gris proponía los mismos ejercicios grises y los alumnos los resolvían en silencio, como pequeñas máquinas.

—¿Qué tal en la escuela?— le preguntaban sus padres a Yara cuando llegaba a casa.

—Igual que siempre— respondía ésta, invariablemente.

            La niña encontraba su vida de lo más aburrida, como es natural. Tenía un vago recuerdo de algo llamado tiovivo (quizás lo hubiera leído), en el que uno montaba en un caballito que giraba y giraba sin avanzar jamás. Su isla era como uno de esos caballitos completando una vuelta cada día pero la diferencia estaba en que uno nunca se podía bajar. Al principio, en un tiempo que ya se había perdido en la brumosa memoria de la isla, Yara se había resistido a dejarse llevar por los giros. Había ensayado distintos caminos para ir al colegio, propuesto juegos nuevos a sus compañeros de clase y cambiado el diálogo diario con sus padres pero había sido inútil. Acababa viéndose forzada a hacer lo mismo de siempre, pues ninguna acción escapaba a la pegajosa niebla.

            Ahora, tan sólo había una cosa que aliviaba un poco la angustiosa monotonía de su vida, y era una escapada diaria a la costa para contemplar lo único que cambiaba en aquel lugar estancado: el mar.  Pasaba horas sentada en la playa de arena gris sin hacer nada más que mirar y mirar. Las olas lamían la orilla con cansancio pero nunca había dos exactamente iguales. A veces jugaba a adivinar hasta dónde iba a llegar la siguiente clavando un palito en el último suspiro de la ola y apostando contra sí misma cuándo el mar se lo tragaría.

“¡Algún día llegará un viajero y me llevará lejos de aquí!”, fantaseaba siempre que estaba en la costa. “Algún valiente explorador de Zaia, atraído por las leyendas de las islas Lébridas, que me rescatará y juntos correremos emocionantes aventuras.”

            Yara no recordaba quién le había contado historias sobre la tierra de Zaia. Tal vez todo eran invenciones suyas para ahuyentar la nostalgia que flotaba con la niebla. Lo cierto es que mientras ella galopaba por la arena gris para luchar junto a Sirio el guerrero contra duendes y dragones, la playa parecía menos difuminada. Y cuando el príncipe Alad, su compañero inseparable, aparecía montado en su brillante caballo alado, entonces sí que no eran imaginaciones suyas: un rayo de claridad se colaba entre los jirones blanquecinos y le calentaba el corazón.

Le seguía el Príncipe Alad
la estrella en la mirada
montado en el blanco Pegaso
corcel de las alas de plata.

            Las palabras le venían solas a la mente. Intuía que eran un fragmento de un poema o, quién sabe, quizás de una canción. Si alguna vez lo había sabido entero, ya no lo recordaba.

            Sin embargo, el ansiado viajero nunca llegaba y Yara volvía a casa y a la rutina sintiéndose triste y vacía. ¡Poco se imaginaba ella que muy pronto, sus más locas fantasías iban a hacerse realidad!

            Todo empezó un día que soplaba viento del norte. Esto ocurría en raras ocasiones pero cuando lo hacía, la niebla parecía despejarse un poco y hasta se respiraba mejor. La atmósfera adquiría una claridad amarillenta e indefinida, como si el sol se esforzara allá arriba por llegar a las Lébridas después de tanto tiempo. El efecto era feo y poco acogedor, ya que bajo esa luz arenosa se notaba mucho más el abandono que sufría toda la isla pero a Yara le agradaba pensar que alguien o algo luchaba por acercarse a ellos.

            La niña comenzó el día como cualquier otro. Cuando bajó a desayunar, su padre ya se había marchado al trabajo. Era un contador oficial y contaba de todo. Cabezas de ganado, ventanas en las casas, equivocaciones en el periódico… cualquier cosa valía. Últimamente estaba atareado con la hierba de los prados. Qué interés podía tener para alguien saber el número exacto de hierbas que crecían en la isla era algo que Yara jamás podría entender pero ya había renunciado a buscarle lógica a las acciones de las gentes de las Lébridas.

            Yara desayunó en silencio, se despidió de su madre y recorrió el camino ceniciento hasta la escuela, tropezando con la piedra y metiendo el pie en el charco. Los demás niños ya estaban sentados en los pupitres, muy formales y callados. Tenían un aspecto tan desdibujado y fantasmal que Yara temía que pudieran deshacerse en polvo si los zarandeaba. Ella no tenía esa apariencia tan frágil. Nunca se había mirado en un espejo pero la piel de sus manos no era tan transparente y su pelo era decididamente oscuro en vez de grisáceo. Por enésima vez se preguntó por qué ella era distinta. Se deslizó mansamente a su asiento y sacó el cuaderno. Inmediatamente, el profesor gris empezó a dictar con voz metálica:

            “Las Islas Lébridas forman un pequeño archipiélago apartado del Anillo, tanto a nivel geográfico y político como  temporal. Nunca se conoce el número de islas que lo componen, ya que los viajeros no se aventuran por esta región…”

            La niña se sabía la parrafada de memoria. ¿Cuántas veces lo había escrito en esa misma hoja, con ese mismo lápiz? ¿Cientos? ¿Miles? Como siempre, un montón de preguntas le vinieron a la mente. ¿Qué era el Anillo? ¿Había gente también en el resto de las islas del archipiélago? ¿Por qué estaban apartados? Sin embargo, no osó romper la rutina interrumpiendo al profesor. La mayoría del tiempo, ni siquiera Yara podía resistirse a la monotonía de la niebla.

            Donde más se notaba el viento del norte era en la costa. Aquella tarde, Yara acudió a su cita diaria con el mar con un presentimiento, como si algo la estuviera llamando.

“En algún lugar allá lejos hay otras tierras”, pensó. “Tal vez la misma Zaia. ¡Qué gracia! A lo mejor hay otra niña justo enfrente y ahora mismo está mirando hacia aquí y preguntándose qué tierras habrá en esta dirección. Si la saludo, ¿me responderá?”

            Agitó la mano pero no pasó nada. Quizás la otra niña estuviera haciendo lo mismo y su saludo se lo tragara el horizonte. Yara se encogió y se quedó muy quieta con la barbilla entre las rodillas. No se oía nada más que el sordo batir del mar. Estaba completamente sola.

“No me importa. Me gusta estar sola”, pensó, rebelde.

“Sí. Pero es que no es lo mismo estar sola que aislada”, le respondió otra vocecita en su interior.

            Yara sacudió la cabeza. No quería ponerse triste pero el mar le provocaba una nostalgia indescriptible. Escuchando el suspiro cansino de las olas al morir en la orilla  la asaltaba el inquietante pensamiento de que su vida no siempre había sido así, que en algún lugar había algo más que niebla salada. Se puso en pie para dar una vuelta. No servía de nada pensar esas cosas…

            ¡Y entonces lo oyó! Era un gemido ahogado. ¡Un gemido! Nadie había gemido nunca en la playa a esas horas, lo sabía bien. El corazón le dio un brinco enorme y a punto estuvo de echar a correr, pero entonces lo volvió a oír. “Eso suena… suena como un hombre.”

            Yara se quedó petrificada. ¡Era ridículo! Nadie, absolutamente nadie en las Lébridas tenía una razón para estar gimiendo en la playa. Nunca ocurrían accidentes y tampoco había enfermedades. Nadie sufría en la isla. En realidad, a nadie le pasaba nunca nada.

 “Viene de allá, tras esa roca”. Pero Yara no dio ni un paso. Ahora que algo estaba a punto de pasar en su isla, no era capaz de reaccionar. Sencillamente, estaba aterrorizada. “No seas tonta. Llevas esperando esto desde siempre”, se reprendió. “No te puedes dejar vencer por el pánico. Sirio y Alad se avergonzarían de ti si te vieran. ¿Acaso ellos pueden enfrentarse a mantícoras y minotauros y tú no te atreves ni a mirar qué hay ahí detrás?”

Yara localizó una estaca de buen tamaño medio enterrada en la arena. Así armada y sintiéndose muy valiente, rodeó la roca. Se le escapó un grito de sorpresa y su estaca cayó al suelo. ¡Allí había una barca! Estaba varada en la arena con un gran boquete en el casco y el mástil hecho astillas. Y en el fondo de la barca, medio oculto entre las planchas rotas de madera, había un bulto negro.

            El bulto se movió y gimió de nuevo. De él surgieron unas manos ásperas y una cabeza empapada, como una tortuga saliendo de su caparazón. “Las tortugas no gimen”, pensó Yara, estúpidamente. La cabeza se volvió y la niña vio por fin que se trataba de un hombre vestido con una capa negra. ¡Un hombre de negro! No gris. ¡Negro! Tosió, medio ahogado, y trató de incorporarse pero las piernas le fallaron y volvió a caer.

—¡Agua!—croó.

            Yara corrió a un manantial cercano y se la trajo en el hueco de las manos. Él bebió ansiosamente y se atragantó.

—¿Dónde estoy?— preguntó sin ni siquiera dar las gracias.

—En las Islas Lébridas— replicó ella.

—Eso ya lo sé— dijo él, impaciente—. ¿Dónde, exactamente?

—No sé a qué os referís… señor— repuso Yara, vacilando en el tratamiento. En sus fantasías, así se dirigían todos a los grandes nobles y guerreros. ¿Sería aquel hombre uno de ellos?—. Esto son las Lébridas.

—Niña, ¿es que eres tonta?— dijo él con brusquedad—. ¿O es que esta isla, ésta en concreto, ella solita, no tiene nombre?

—Pues no, que yo sepa— dijo Yara, un poco picada. ¡Vaya manera de agradecer su ayuda!—. Ni ésta, ni ninguna.

            El hombre intentó levantarse de nuevo y arrastrar la barquita al agua aunque apenas podía tenerse en pie. Era alto pero estaba tan demacrado como si llevara varios días sin comer. La sombra de barba y su palidez lo atestiguaban. Las manos le temblaban violentamente. Con aquel pelo oscuro enmarañado lleno de salitre y envuelto en esa capa tan raída, a Yara le recordó a un murciélago torpe y decrépito.

—¡No os podéis marchar así!—. Él no le hizo caso—. ¡Pero si estáis sangrando!— continuó, fijándose en que tenía una herida muy fea en el hombro—. Y estáis empapado. Os vais a congelar.

—¿Quieres ayudarme y dejar de protestar?

            A la niña no le dio tiempo ni a pensar una contestación suficientemente cortante. El hombre puso los ojos en blanco, palideció aún más si cabe y cayó de rodillas. 

“¿Qué hago? Ay, ¿qué hago?”, pensó Yara, muy asustada. “¡Mamá! Ella sabrá qué hacer”

—Vamos, señor, haced un esfuerzo— dijo, dejando a un lado su enfado—. Mi casa no queda lejos…

            Nunca supo cómo se las arregló para cargar con él todo el camino. El hombre vacilaba como un borracho y se apretaba el hombro mientras farfullaba frases incoherentes. Ya cerca de casa, a Yara la invadió una horrible preocupación. ¿Cómo reaccionarían sus padres ante el hombre de negro? Esto suponía una ruptura tan flagrante de la monotonía de sus vidas que Yara temió que decidieran ignorarlo por completo. ¿Serían capaces? ¡Estaba malherido!

No lo hicieron. Es más, su madre la dejó boquiabierta cuando abrió la puerta. Con sólo echarle un vistazo a la capa negra, se puso tan pálida como él.

—Llévalo a la habitación del fondo— dijo con apremio—. ¡Rápido!

            Tras asegurarse de que no hubiera nadie por los alrededores, cerró, pasó la cadena y acudió junto al hombre, que estaba casi inconsciente y temblaba de fiebre. Lo ayudó a tumbarse y le rasgó la camisa para dejar al descubierto la herida del hombro, que era bastante profunda. Él empezó a retorcerse, completamente ajeno a dónde estaba. El sudor se mezclaba con la suciedad y la sangre en su rostro dándole un aspecto tan feroz que Yara no se atrevió a acercarse mucho.

—¿Sabrás curarle, mamá? ¿Crees que es grave? ¡Oh! ¿Qué puede haberle pasado?

            Su madre no contestó, concentrada en lavar la herida y sujetar el brazo escurridizo al mismo tiempo. El hombre parecía temer que tratara de envenenarlo, a juzgar por cómo se debatía.

—Dime en qué puedo ayudarte. ¿Le traigo alguna medicina? ¿Más vendas? ¿Mejor un…

—Yara, sube a tu cuarto y quédate allí— le ordenó ella con firmeza.

            El hombre había manchado todas las sábanas de sangre y arena y seguía forcejeando. La madre temió romperle el brazo como siguiera así.

—Pero…

—¡HAZ LO QUE TE DIGO!

            Obedeció, medio enfadada. ¡No había derecho a que la excluyeran así! ¿Acaso no lo había traído ella? ¡Lo había salvado! Se preguntó quién sería. Tenía la impresión de que su madre lo sabía. No, no era sólo una impresión. Claro que lo sabía. ¿Podría ser un soldado del ejército zaiano tras una escaramuza con los tritones? ¿O un cazador furtivo de pulpos gigantes? ¿O tal vez había ofendido a los tronantes y ahora huía de ellos?

Yara oyó que llegaba su padre y preguntaba qué ocurría. Pues bien, ella también se iba a enterar. Enrrolló la alfombra contra la pared, se tumbó en el suelo y espió por una rendija. Sus padres hablaban en voz baja y apenas pudo captar unas palabras.

—Sólo puede haber una razón por la que ese hombre ha venido— decía la madre, con cansancio—. Han descubierto nuestro secreto.

“¿Qué secreto?”, se preguntó Yara.

—No, seguro que no— dijo el padre, como queriendo convencerse a sí mismo—. No es un espía, fíjate en qué estado llegó. Tan sólo es un caballero que resultó herido en una batalla naval, estoy seguro. Apostaría a que se enfrentaron a los duendes. ¿Recuerdas que empezaron a adiestrarse en la navegación cuando estalló la Segunda Gran Guerra? Cuando Alad lanzó su desafío, acudieron en auxilio del Emperador Olvidado.

“¡Alad!”. Yara ahogó un grito. Estaban hablando del príncipe de sus fantasías. ¿Significaba eso que había existido de verdad? Y esa guerra… Le resultaba muy difícil creer que sus padres, sumidos en su aburrida rutina, tuvieran la menor idea de lo que era una guerra. ¿Y quién sería ese Emperador Olvidado?

—¡Cállate!— gritó la madre, muy alterada—. ¡No lo nombres! ¿Es que acaso no recuerdas para qué vinimos aquí? Tenemos que olvidarlo… —. La mujer se derrumbó en una silla.— De acuerdo, no es un espía pero, ¿y si alguno de esos duendes lo ha seguido hasta aquí? Sería el fin. Si el Emperador nos descubriera…

—Nos mataría— terminó el padre en un tono carente de emoción—. Aplastaría estas islas con un solo puño para acabar el trabajo que dejó a medias.

—¿Y de qué nos ha servido sobrevivir?— sollozó la madre—. Esto no es vida, es un castigo mucho más cruel. ¡Ojalá nos hubiera matado entonces!

Yara los vio cogerse de la mano y no quiso seguir mirando. Se tumbó en la cama pero tardó mucho, muchísimo en dejar de temblar.


¿Por qué el tiempo se ha detenido en las Islas Lébridas? Yara Leto no lo sabe pero ya está harta de vivir el mismo día una y otra vez, envuelta en una niebla eterna. Cuando Ilion, caballero de la Orden de las Estrellas, llega a las islas por accidente, Yara comprende que su vida está a punto de cambiar.

Este es el inicio de la novela inédita «El secreto de las Islas Olvidadas», de Laura Esgos. Se trata de una historia de fantasía juvenil en la que Yara Leto se verá envuelta en las luchas de poder entre los fascinantes meigos y los sinestros mouros. ¿Qué oscuro secreto guardan las Lébridas, que tanto interesan al Emperador Olvidado? Para averiguarlo, Yara contará con la ayuda de sus nuevos amigos, Lud, Eli y Xián, así como con los útiles, aunque casi siempre incómodos consejos de la Vieja Nar.

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