«El Señor de los Anillos», de J.R.R. Tolkien

Este libro es como un relámpago en un cielo claro, decía C.S. Lewis sobre la novela de su amigo en las cubiertas de mi edición. La frase me ha acompañado cada vez que me he sumergido en esa maravilla de mundo que es El Señor de los Anillos. Porque no es sólo una historia. La trilogía de Tolkien sobre la Tierra Media, con sus elfos, enanos, hobbits y magos, es un universo entero, un pasado épico imaginario tan completo que podría haber formado parte de las leyendas de cualquier país.

Tolkien me introdujo en la literatura de fantasía y desde entonces he leído mucha, pero ninguna me ha conmovido tanto como esta primera experiencia. El viaje de Frodo y su sirviente Sam a los infiernos de Mordor es una odisea moderna, con el añadido de ternura que proporciona un héroe hobbit, pequeño y pacífico. Frodo es un héroe a su pesar, echando de menos las comodidades de su hogar hasta el último momento, pero decidido a sacrificar hasta la propia vida por destruir el Anillo Único para el bien de toda la humanidad.

Este es uno de los aspectos más originales de la obra. A priori, Gandalf, Aragorn o cualquier elfo podrían parecer más apropiados para emprender la misión. Encajan más con la figura de héroe épico enfrentándose a la encarnación del mal para destruir su arma más poderosa. Sin embargo, Tolkien consigue hacer realista la idea de que sólo un humilde hobbit puede lograrlo. El Anillo Único es perverso; seduce a su portador con grandiosas promesas de poder, tanto más terribles cuanto más grande es el personaje. Los hobbits, a diferencia de hombres, magos, elfos y enanos, no tienen grandes ambiciones, fuera de reposar tranquilamente al sol el segundo desayuno. Por eso están más capacitados para resistir las tentaciones del Anillo. Tolkien nos lo muestra una y otra vez: La enérgica negativa de Gandalf a tocarlo siquiera. Los dilemas de Boromir. Esa sublime escena en que Frodo se lo ofrece a Galadriel. La vida trágica de Gollum… El Señor de los Anillos es la perfecta alegoría de que el poder corrompe.

Las aventuras de los hobbits en la Tierra Media pusieron de moda la fantasía épica moderna. Tolkien tuvo (y sigue teniendo) muchos imitadores pero, en mi opinión, ninguno ha creado un mundo tan profundo, tan completo. Y eso que el propio escritor confesaba abiertamente su secreto:

Historias semejantes no nacen de las hojas de los árboles ni de la botánica o la ciencia del suelo; crecen como semillas en la oscuridad, alimentándose del humus de la mente: todo lo que se ha visto o pensado o leído, y que fue olvidado hace tiempo… La materia de mi humus es, principal y evidentemente, materia lingüística.

Las lenguas. Se dice que Tolkien hablaba catorce y estaba familiarizado con otras tantas. De ahí surgieron los idiomas de la Tierra Media, que creó con artística disciplina, preocupándose por que representaran el carácter y situación de cada pueblo. Así, las lenguas élficas como el quenya o el sindarin son suaves y musicales. Las de los enanos son profundas, resonando en letras oclusivas como martillos. Las palabras hobbits reflejan sencillez. En cambio, el antiguo idioma de Mordor es oscuro y tenebroso, y cada vez que un orco abre la boca parece estar soltando insultos e improperios. Todas son asombrosamente apropiadas. Otros escritores han intentado hacer hablar a sus personajes fantásticos con lenguas extrañas, pero son meros ejercicios de ventriloquia. Sólo Tolkien, a través de su profundo conocimiento lingüístico, ha logrado dotarlas de una coherencia y redondez casi mágicas.

Los idiomas de la Tierra Media son la base de todo. Las historias se construyen casi por inercia a partir de ellos. Recuerdo estar leyendo la canción de Galadriel en sindarin, a su despedida de Lothlórien, y percibir una belleza superior e indefinible, una nostalgia milenaria perfumando esas palabras incomprensibles:

Namarië! Nai hiruvalye Valimar.

Nai elye hiruwa. Namarië. 

Suena como música. Uno no puede menos que preguntarse por qué no habla nadie con palabras tan hermosas. Y lo mismo ocurre con los nombres de lugares. Son apropiados. Evocadores. Sugerentes. Encajan con las historias. Los sencillos hobbits viven en La Comarca, mientras los hombres de glorioso pasado habitan Minas Tirith, en el Reino de Gondor. El hogar luminoso de los elfos son los bosques de Lothlórien, pero Khazad-Dûm es el de los enanos de las profundas montañas. El nombre de Rivendel invita al refugio y al descanso, mientras que Mordor o Minas Morgul dan miedo.

Podríamos decir lo mismo de los propios personajes. Algunos, hasta tienen distintos nombres dependiendo de dónde se encuentren. Gandalf es Mithrandir para los elfos. Trancos se transforma en Aragorn y luego Elessar, mientras evoluciona de vagabundo a rey. Incluso los propios hobbits pasan a ser periannath entre los hombres, que no los ven como sencillos granjeros sino como mágicos seres legendarios.

Desde los doce a los diecinueve, leí El Señor de los Anillos una vez cada año. Luego llegaron las películas de Peter Jackson y fue aún más fácil soñar. Dejé descansar los libros una larga temporada. Hace poco volví a ellos y, de nuevo, me asombré de la profunda belleza y verdad que encierran. Del asombroso trabajo de construcción que hay detrás. Uno entrevé que la historia, plena y conmovedora como es, tan sólo es la punta del iceberg. Bajo ella hay un universo entero, creado a lo largo de muchos años y mucho esfuerzo. Es una fantasía. Pero también es un pasado épico donado por un solo hombre a toda la humanidad.

 

La imagen corresponde a la magnífica edición en tapa dura y cuatro volúmenes de la Editorial Minotauro, con ilustraciones originales de Alan Lee. 

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