Temible esperanto

Esperanto Kongreso Paris 1914

En un rinconcito del centro de Viena hay un museo bastante bizarro dedicado al esperanto. Es apenas una sala con cuatro posters y un vídeo. No lo hubiera visitado a propósito, pero me confundí de edificio buscando la Biblioteca Nacional. Cosas que pasan en los viajes, y los descubrimientos inesperados suelen ser los más interesantes. Así, este modesto museo resultó aportar buen material para la reflexión.

El esperanto es una de las lenguas más recientes del mundo. Es totalmente artificial, con una gramática sencilla y un vocabulario universal. Fue creada por el doctor Zamenhof a finales del siglo XIX y pretendía ser una herramienta auxiliar de comunicación internacional. Una segunda lengua neutral, fácil de aprender, que sirviera para entenderse sin barreras de idioma y transmitir información de interés para todos los pueblos.

¿No es un objetivo admirable? Mejorar la comprensión entre culturas, llevándolas a terreno neutral. Suavizar las diferencias de la humanidad, promover la fraternidad entre los pueblos. ¿Cómo podría alguien estar en contra? Zamenhof incluso renunció a sus derechos de autor porque consideraba que el esperanto debía ser propiedad material del mundo entero… Resulta irónico, incluso algo perturbador, que una iniciativa con aspiraciones tan inocentes, tan irrebatibles, acabara siendo prohibida y perseguida políticamente en buena parte de Europa.

Porque eso fue lo que ocurrió. Durante un largo período del siglo XX, pareció que los elevados ideales de Zamenhof acabarían convirtiéndose en mártires de su propio éxito. Hoy día, el esperanto sobrevive con buena salud, con una producción literaria de miles de libros y una filosofía propia basada en la fraternidad, pero lo interesante está en sus inicios: Esa transformación de herramienta inocente a temible amenaza para el orden político.

Creo que no fue casual que el esperanto naciera en los albores de un siglo tan sangriento como el XX. Zamenhof era un visionario. Adivinaba un mundo global y quiso aportar un canal de comunicación neutro y fácil de aprender. Y es que algo fallaba a principios de siglo. Una creciente incomprensión internacional, una cerrazón de los países ante los problemas globales, personas de todas clases encastilladas en su propia opinión… El esperanto fue otro intento más para promover el «sentarse a hablar las cosas». Infructuoso, como la Historia se encargó de apostillar.

Inicialmente, dentro de este clima general de tensión, el esperanto fue acogido con esperanza. Se fundaron asociaciones, se celebraron congresos, y el idioma ganó relevancia internacional. Fue promovido por intelectuales de la talla de Tolstoi, y en España lo apoyó hasta Alfonso XIII. La misma Liga de las Naciones reconoció su valor para facilitar la comunicación entre países, aunque no llegó a emplearse oficialmente debido al veto de Francia.

¡Ah! Por ahí asoma el problema. Ahí se transforma en el Temible Esperanto. Una lengua neutra de fácil aprendizaje podría reemplazar a la lengua canónica de la potencia poderosa de turno. Desde el latín de los romanos hasta el francés del siglo XIX, siempre ha sido un privilegio de los países dominantes el imponer su idioma a los demás. Si todos supieran hablar esperanto, ¿dónde quedarían los orgullos nacionales? Nada más lejos de la intención de Zamenhof que atacar nada. De hecho, en la declaración de principios firmada en el Primer Congreso Universal del Esperanto en 1905, se lee expresamente que esta lengua no pretende imponerse en la vida interna de los pueblos ni expulsar a los idiomas nacionales. Pero no importa: Los meros ideales del esperanto son un ataque frontal al nacionalismo. A cualquier nacionalismo.

El problema germinó. Llegaron las Guerras Mundiales, y los regímenes totalitarios empezaron a ver el esperanto como una amenaza. Hitler lo consideraba un vehículo de conspiraciones judías. Stalin lo prohibió por ser lengua de espionaje. Dos líderes todopoderosos, de ideologías completamente opuestas, atacan a una inocente lengua que lo único que pretendía era facilitar la comprensión entre los pueblos. Es como un nuevo e incomprendido David contra varios Goliats.

¿Qué tenían en común Hitler y Stalin para temer al esperanto? Uno era fascista, el otro comunista. Hitler canalizó las frustraciones de un imperio decadente; Stalin se convirtió en la voz de una opresión. Sin embargo, ambos se ganaron el apoyo ferviente de las masas con la misma táctica: insuflando el temor al Otro. El odio al Otro.

Hay pocas formas más efectivas de manipular a una masa que crear una barrera entre ella y los demás. El fascismo alemán encapsuló y enalteció a la raza aria. El comunismo soviético hizo lo mismo con la clase obrera. Los dos señalaban un enemigo. En un mundo complejo, el ser humano agradece las simplificaciones, y no hay nada más simple que un ellos o nosotros. Por contra, el esperanto iba de romper barreras. De fomentar el diálogo. De comprender a ese Otro, en vez de colgarle una diana. Hitler y Stalin temían al esperanto porque, implícitamente, aceptaba matices de gris en los conflictos sociales de sus pueblos, algo contrario a la elegante simplicidad del ellos o nosotros. Y muy poco populista en épocas difíciles.

Hoy en día no hay regímenes totalitarios en Europa, pero sí conviven Internet y una época difícil. Estamos saliendo de una crisis (como tras la Gran Depresión de los años 30), y se percibe una atmósfera general de crispación. De indignación. ¿A propósito de qué? Internet pone el menú. Desde política hasta la mejor banda de jazz, uno puede posicionarse a golpe de clic sobre cualquier cosa. O dejarse mecer por las opiniones afines, ignorando completamente a la parte contraria. ¡Qué forma tan peligrosa de canalizar frustraciones o dar voz a la «opresión»!

No ha habido nunca en la historia del mundo un medio más capaz de simplificar un mensaje que Internet: Opiniones de 160 caracteres. Vota sí o no. Estás conmigo o contra mí. Ya está la barrera, alimentada sin salir de casa y con la ebria desinhibición del anonimato. Es el sueño de cualquier agitador de masas.

Por eso, ahora más que nunca necesitamos nuevos esperantos. No nuevas lenguas, no se trata de eso. (De hecho, como vehículo de comunicación internacional, el esperanto no triunfó; lo hizo el inglés). Lo que importa es el espíritu: Necesitamos voluntad para fomentar el debate. Para comprender al Otro y ver sus argumentos con todos los matices de gris. La comprensión entre personas es imprescindible para la buena convivencia de los pueblos y, Zamenhof lo sabía bien, requiere esfuerzo. No se logra escudándose tras un clic y un pantallazo.

 

La imagen corresponde a una postal del 10º Congreso Universal de Esperanto, en París en 1914, al filo de la Primera Guerra Mundial. Fuente: Biblioteca Nacional de Viena.

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