Los nuevos analfabetos

Tengo 34 años y el pasado domingo voté por primera vez. Podría escudarme en que he estado viviendo en el extranjero, que alguna jornada electoral me coincidió con compromisos ineludibles… Excusas aparte, la verdad es que nunca había votado porque no me sentía capacitada para ello. No entendía la política. El partido A derrochará vuestros impuestos. El partido B restringirá vuestras libertades. Votadme, o a la economía le pasará X, Y o Z. Escuchaba, perpleja, a los políticos contradiciéndose y pintando panoramas terribles que yo no sabía ni juzgar. También a amigos y familiares esgrimiendo argumentos prefabricados como si fueran lanzas de combate. No me interesaba mucho, lo reconozco. Y la idea superficial que tenía me parecía insuficiente para opinar sobre algo tan serio como quién me gobernaría mejor.

Una vez tuve la oportunidad de conocer a una persona analfabeta. Era la abuela de un amigo, una mujer ya mayor, que vivía en la ciudad sin saber leer ni escribir. No había tenido oportunidad de aprender, así que diferenciaba la factura de la luz y la del gas por el logotipo y a veces, curiosamente, la leche del súper le sabía a soja o a almendras. Por lo demás, ella se apañaba bastante bien. Y cuando no entendía algo, sin hacer ningún aspaviento, se dirigía a la persona más cercana y le preguntaba: «Oiga, ¿qué pone aquí, que no lo entiendo?»

De todas formas, se hace raro situar a una persona analfabeta en una ciudad moderna. Cierto que hace un siglo, eso era bastante normal. Hacia 1900, casi dos tercios de España no sabía leer y vivían con normalidad. Sin embargo, el mundo actual es un mundo de letras. Es la era de internet, de los contratos, de los trabajos de oficina, de las instrucciones de uso de los electrodomésticos… Saber leer y escribir es imprescindible para comprender el mundo que te rodea, y esa comprensión es la mejor garantía de supervivencia.

La principal desventaja del analfabeto hoy en día es que no tiene plena capacidad para comprender el mundo que le rodea.

De hecho, la vida se ha vuelto tan complicada que saber leer y escribir no garantiza esa comprensión del mundo. Se nos exige saber de todo, tener una opinión formada sobre todo. En la era de Internet, hay tanta información, tanta opinión, tanto sabio suelto que es imposible no verse como el proverbial asno de Buridan, rodeado no ya de dos sino de dos millones de pesebres. ¿Cuál escojo? ¿Con cuál me quedo? No me alcanza el tiempo para analizar todas las opciones disponibles, pero se me exige tomar decisiones racionales y perfectamente informadas.

Hace 10.000 años, la vida era mucho más simple. Dura, sí, pero no tan compleja. Para alimentarte, cazabas el primer animal que se cruzara en tu camino y punto. Hoy en día, ¿cuántas consideraciones se nos vienen a la cabeza para escoger una bandeja de carne del supermercado? Que si mejor carne blanca por el colesterol, o mejor carne roja porque las condiciones de cría de los pollos, en fin… Las baratas tienen conservantes de esos que empiezan con E-, en las caras pagas por la marca y su publicidad, ojo a las vacas locas con las importaciones inglesas, ojo también al brote de salmonella en Holanda… Y cuando termina el calvario y escoges la dichosa bandeja, la voz de tu amiga vegetariana te recuerda que tal vez debas pensar en el planeta y comprar lechuga en vez de carne. ¡Así no hay quién se aclare!

El mundo actual es una selva de información. Estamos tan desbordados de conocimientos que es imposible decidir racionalmente porque para todo hay argumentaciones en pro y en contra. Por eso, en el fondo, la decisión se sigue tomando con las entrañas. Es mucho más sencillo: Escojo esta bandeja porque tiene buena pinta. Y ya está. Esto, en sí, no es malo. Lo peligroso, lo tramposo, es aferrarte a una razón-liana en esa selva para convencerte de que tu decisión es racional. ¿Cómo no lo va a ser, con tanta información disponible? ¿Cómo admitir que no lo sabemos todo? Escojo el pollo porque es bueno para la salud y en las granjas de Huelva no hay alarma por salmonella. Que tenga buena pinta es totalmente secundario, por supuesto. Y todas las opiniones en contra del pollo son chorradas de los que no tienen ni idea.

Ninguna decisión que no haya pasado por la incómoda prueba de comprender las razones contrarias puede ser totalmente racional.

En el ejemplo del súper, la componente emocional es tan obvia que resulta absurdo. Pero pensemos en política. Yo voto al partido A porque ayudará a los desfavorecidos. Yo voto al partido B porque saneará la economía. ¿De verdad? ¿Estamos seguros de que son argumentos racionales y no razones-liana ¿Hemos pasado por la incómoda prueba de comprender las razones contrarias?

Las conversaciones actuales de política están cuajadas de argumentos. Los partidarios de A demuestran estupendamente que B es malo, malísimo. Los partidarios de B se llenan la boca conque A es tonto, tontísimo. Tertulias, telediarios, sobremesas con el cuñado… Me pregunto cuántas de esas opiniones han tratado sinceramente de comprender el punto de vista contrario.

El mundo actual es complejo, y quien no reconozca esta complejidad no está comprendiendo el mundo que le rodea. Eso le hace manipulable. Objetivo fácil de las razones-liana, porque ¿quién admitiría, en el mundo de internet, que no entiende la política y por eso vota con las entrañas? Y repito que no me parece algo malo el desconocimiento. Yo no entendí nada de política en quince años con derecho a voto, y a pesar de que en esta ocasión me he tomado el trabajo de informarme lo mejor posible, sigo sin pesar que estoy plenamente cualificada para decidir sobre el futuro de mi país. Lo que me parece peligroso e irresponsable es aferrarse a esas razones-liana como si fueran argumentos racionales. La racionalidad casi siempre huye de los extremos. No es blanca o negra. Admite matices de gris. Por eso, los abanderados a ultranza de una opinión superficial, los desdeñosos de cualquier criterio contrario a ellos, me parecen los nuevos analfabetos. Los nuevos incapaces de comprender el mundo. Y lo más triste es que carecen de esa maravillosa y humilde naturalidad con que la abuela de mi amigo reconocía: «Yo esto no lo entiendo.»

La foto que ilustra esta canica es obra de JL_G y se publica bajo licencia Pixabay.

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