«Canta la hierba», de Doris Lessing

Canta la hierba, de Doris Lessing

[su_dropcap style=»light» size=»4″]C[/su_dropcap]anta la hierba, primera novela de Doris Lessing (Premio Nobel 2007), constituye una perturbadora radiografía de las relaciones entre blancos y negros en el África colonial de principios del siglo XX. Es un libro descarnado, asfixiante, lleno de angustia vital. Pero también tiene la sublime belleza de las historias que son Verdad. Sobre el papel, narra sencillamente los conflictos íntimos de la vida de Mary Turner. Sin embargo, de cada frase emana una crítica severa al régimen del apartheid sudafricano. Sutil, como lo son siempre las mayores Verdades, pero demoledora.

La trama

La obra se abre con el asesinato de Mary Tunner a manos de su boy, Moses. La policía negra lo detiene y Tony Marston, inglés recién llegado para echar una mano con la granja de los Tunner, queda azorado al ver que nadie hace la pregunta clave: ¿por qué?. Nadie. Ni blancos ni negros. Por distintas razones, todos temen hurgar en una historia que saben que trasgrede las relaciones establecidas y permitidas entre blancos y negros.

…una civilización blanca que jamás, jamás, tolerará que una persona blanca, y en particular, una mujer blanca, mantenga trato humano, para bien o para mal, con una persona negra. 

Para bien o para mal… Mary es una joven urbana, ingenua, que acepta casarse con Dick Tunner por puro convencionalismo. Él es un pobre hombre que emprende negocios fallidos, uno tras otro, en la soledad de su granja sudafricana. Tienen criados nativos, pero en el África colonial, no cuentan como personas. Hasta que uno de ellos, de manera totalmente involuntaria, se vuelve humano a ojos de Mary. No, esto no es necesariamente bueno (y ahí está la gran originalidad de la novela): Mary eleva al boy Moses a su altura a través del más humanizador de los sentimientos: El odio.

Mary empieza a odiar a Moses el día en que, sin él pretenderlo en absoluto, la hace sentir indefensa. Lo odia y le teme. Él se muestra sumiso. Servicial. Inofensivo. Aunque persiste en una impenetrabilidad que la desconcierta. No logra entenderle, pero él a ella la comprende perfectamente. El estado mental de Mary, ya debilitado por el terrible aislamiento de la granja, se deteriora aún más cuando ese odio se convierte en una sofocada y humillante, muy humillante fascinación por su criado negro.

En una sociedad que justifica la segregación racial comparando a los negros con animales, no cabe albergar fuertes sentimientos hacia ellos. Se los puede despreciar, pero no odiar. Apreciar pero no amar. Esto no es una historia romántica. Es un relato de obsesiones. De miedos. Desprecio. Incomprensión. Culpa…

Toda la novela es una certera explicación de esos porqués que todos evitan. Por qué el criado negro mata al ama blanca. Por qué el policía que interroga a los testigos en realidad no quiere una respuesta. Por qué el vecino inglés se toma el crimen casi como algo personal, aunque apenas conocía a los Turner. No se trata de una labor detectivesca: La respuesta está ante nuestros ojos, pero no es sencilla. Por eso Lessing necesita un libro entero para explicárnosla.

Si aún no has leído la novela, te recomiendo que no sigas leyendo. El apartado siguiente contiene spoilers.

Momentos clave

La psicología de Mary

Mary se casó con Dick Tunner porque era lo que tocaba. Tenía una vida cómoda en la ciudad, pero se encadenó a una granja pobre y solitaria sin reflexionarlo demasiado y de forma totalmente voluntaria. Creo que eso es lo que más la atormentaba. Su personaje me parece muy creíble y digno de lástima. Nunca se para a pensar ¿qué quiero yo? Vive  por inercia hasta que el exterior la sacude con algún comentario casual y la conduce, como el chasquido de un látigo, en la dirección «apropiada». Por eso no sabe tratar con la gente de forma íntima. Porque lo hace desde el convencionalismo, no desde el corazón.

Leer cómo se desarrolla su relación con los nativos me ha hecho reflexionar sobre el nacimiento de los tiranos. Poca gente nace «mala», pero es fácil actuar como tal desde el miedo y la incomprensión. Mary no tiene mal corazón, pero se muestra hostil con los criados domésticos porque no sabe tratarlos. Los vigila de forma enfermiza, tratando de reafirmar su autoridad sobre ellos. En el fondo, sabe que no la tiene. Que nada le da derecho a mandar sobre ellos.

Esto se ve, sobre todo, en su relación con Moses. Es un boy distinto de los demás. Muy grande y fuerte… y con un pasado con Mary. Ella le dio un latigazo en la cara por insubordinarse mientras vigilaba la plantación, en una época de enfermedad de su marido. Fue un golpe injusto. Moses sólo pretendía descansar un momento, pero Mary, dominada por el miedo, lo agrede sin atender a su actitud conciliadora.

Cuando el poderoso solo lo es por imposición social, cuando el sometido es en realidad más fuerte física o mentalmente, siempre se crea una posición falsa. Moses podría con Mary en cualquier momento, y ambos lo saben. A solas con él, se muestra dura para reafirmarse, pero no le tendría más miedo ni aunque hubiera sido al revés y hubiera sido él quien la hubiese agredido. Todo lo contrario. Eso le hubiera justificado su odio y su dureza. «Los negros son malvados. Son violentos. Son salvajes…» Pero Moses no hace nada para merecer esos atributos. Es sumiso, obediente y servicial. ¿Por qué lo es? Un misterio en el que Lessing no se mete.

La humanización de Moses

En este momento, entra en juego otro elemento clave: Mary, la inglesa frígida para quien el acto sexual era un terror y un horror, se siente fascinada por el cuerpo de Moses.

Ella lo observaba, muy quieta, mientras él trabajaba. La fascinaba su cuerpo macizo y atlético. Le había indicado que se pusiera las camisas y pantalones cortos que los anteriores criados llevaban en la casa, pero a él le venían demasiado pequeños y cuando barría, fregaba o se agachaba para encender el fogón, sus músculos le abultaban la fina tela de las mangas, que parecían a punto de reventar.

Nada hay más repugnante para Mary que verse atraída por un nativo, un hombre medio animal de piel negra. ¡Ella, una delicada dama blanca! Pero el instinto sofocado es más fuerte que sus prejuicios, y no puede evitar espiarlo mientras se baña. Odiándose a sí misma, lo trata con mayor dureza para castigarse y castigarlo.

La situación se hace insostenible para Moses, que decide despedirse. Ella, temiendo las represalias de su marido, hace algo inaudito: llora y le ruega que se quede. Ahí está el verdadero punto de inflexión de la novela. Moses la toca. Mano negra sobre carne blanca. Lo prohibido. La lleva a la cama como si fuera una niña. La consuela. Y no se marcha. Pero ahora, ella se siente a su merced. Y, ya medio loca, coquetea con él como lo haría con cualquier hombre blanco.

La crisis tiene lugar cuando un recién llegado, Tony Marston, observa esa relación antinatural entre ama blanca y criado negro. De hecho, observa una escena de seducción. Escandalizado, le ordena a Moses que se largue, en defensa de toda la civilización blanca, más que de Mary en concreto.

Tony había leído lo suficiente sobre psicología para comprender el aspecto sexual de la discriminación racial, una de cuyas bases son los celos del hombre blanco de la superior potencia sexual del nativo, y le sorprendió ver la facilidad conque el objeto de aquellos celos, la mujer blanca, evadía aquella barrera.

Tony era progresista, pero no tanto. Lo consideraba casi como mantener relaciones con un animal, y para quitarle hierro al asunto, dice:

Hubo una vez una emperatriz en Rusia que despreciaba tanto a sus esclavos como seres humanos que solía desnudarse delante de ellos. 

Tony prefería ver la cuestión desde aquel punto de vista, ya que el otro era demasiado difícil para él. 

Mary, al verse confrontada con el código ético de su raza en la persona de Tony, se viene abajo. Hasta para ella, su conducta es indefendible. Se hace la víctima, se ve arrinconada y chantajeada emocionalmente por Moses. Él es el malvado, el seductor. Por eso trata de echarlo, en un intento por recuperar el dominio perdido. Pero sin fuerzas. Como un niño que desafía a una persona mayor.

-¿Madame quiere que me vaya? -preguntó el boy en voz baja.

Ella insiste. Tony insiste. Y Moses, con hosca pasividad, obedece y se marcha. Al día siguiente, la asesina.

Blanca solidaridad

Tony no es el único que ha notado el ascendiente del boy sobre Mary, aunque nadie más ve hasta qué punto llega. Su vecino, Charlie Slatter, también sospecha. Fue por un pequeño incidente, tan solo la forma en que Moses se dirige a Mary durante una cena, pero le hace apretar los dientes de ira. Se ve amenazado por él:

Estaba tan impresionado que había olvidado su propio interés. No lo movía siquiera un sentimiento de piedad hacia Dick. Simplemente, obedecía el dictado de la primera ley de los blancos en Sudáfrica: No dejarás que tus iguales, los blancos, desciendan más allá de cierto nivel porque si lo haces, el negro pensará que no sois mejores que él.

Tony tan solo tiene las ideas progresistas convencionales sobre la discriminación racial. El idealismo superficial que rara vez sobrevive a un conflicto en el que se juegue el propio interés. Ambos, Tony y Charlie Slatter, defienden la supremacía blanca al ponerse de parte de Mary, no porque piensen que tiene razón (de hecho, opinan que no), sino porque es el bando propio y no hacerlo sería tirar piedras contra el propio tejado.

¿Y por qué Moses mata a Mary?

A mí, lo que me intriga de verdad en este libro es: ¿Qué piensa Moses? ¿Por qué la mata? ¿En algún momento siente algo por ella? ¿La quiere? ¿La odia? ¿Le inspira lástima? Esa es la gran pregunta, y Doris Lessing no da ni la más mínima pista. Lo cual hace honor a la novela, suscitando la reflexión de que los blancos no comprendemos a los negros. Porque a Moses, nadie lo comprende. Nadie piensa en preguntarle: ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué te hirió tanto?

El boy tuvo que soportar mucho. Alguien claramente inferior a él en fuerza y estado mental lo tenía sometido. Lo agredió injustamente. Lo maltrató y luego le demostró que no podía vivir sin él. Estableció con él una relación viciada en que ella era libre de dejarse llevar por la histeria y él tenía que callarse, apretar los dientes y aguantar.

Me gusta pensar que Moses sentía pena por ella. Probablemente, era el único que la entendía. Su dolor. Su dilema. Cuando la descubrió espiándole en el baño, se sintió incómodo. Ella actuó como si no importara que lo viera desnudo. Pero sí importaba. Y mucho.

Tras los ruegos y lloros de Mary, Moses hace ingenuos intentos de congraciarse con ella. No le gusta verla sufrir. Le lleva flores en la bandeja del té para alegrarla. Creo que, en el fondo, es un gigante ingenuo y bonachón que se siente halagado por el ascendiente que tiene sobre el ama. Ella es una bruja fea y loca, pero no deja de ser una de esas inaccesibles «mujeres blancas», súbitamente accesible para él. Vulnerable a él. Ve que se siente atraída, y él no. Su parte bonachona se apiada de ella, mezclada con un punto de oscura satisfacción, de venganza histórica por tener a una de esas diosas blancas en un puño. Por eso cede a sus lamentables intentos de seducción. Le gusta sentirse equiparado al hombre blanco. La actitud de Tony y Charlie Slatter lo confirman: Ellos reaccionan a la amenaza que él supone porque también, a cierto nivel, lo sitúan como su igual. A un hombre negro.

¿Y por qué la mata, finalmente? Quizás porque ella, al echarlo, hace un torpe intento por devolverlo a su lugar. Por reafirmar el dominio del hombre blanco sobre el negro. Y después de saborear la igualdad, Moses no está dispuesto a permitirlo. Ha descubierto el secreto del hombre blanco, lo que tan celosamente ha guardado durante siglos: No hay nada que lo haga superior. Y una vez lo comprende, no puede volver a someterse.

En el fondo, la reacción de Moses es un símbolo de lo que pasará más adelante. De cómo reaccionarán los africanos cuando descubran el secreto: Expulsando al hombre blanco. Viéndolo como su igual. ¿Con qué derecho nos habéis sometido durante siglos? Nada os asiste. ¡Nada!

 

Canta la hierba es un libro maravilloso. De los que hacen pensar.

 

La imagen pertenece a la portada de la editorial Zeta Bolsillo (ISBN 9788496778832)

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