Orangutanes en Borneo

En indonesio, la palabra orang utan significa «hombre de los bosques». Hombre. Ya antes de que Darwin publicara su Origen de las Especies, el nombre empleado para denominar a esta raza de simios los relacionaba de forma inequívoca con el ser humano. He tenido el privilegio de verlos de cerca en libertad, en la selva de Borneo, y resulta asombroso encontrar tantos gestos y actitudes esencialmente humanos reflejados en ellos.

Borneo, también llamada Kalimantan, es una de las 17.000 islas que componen el archipiélago indonesio. Es más extensa que España entera, y la mayor parte es selva virgen. Resulta evocador, en pleno siglo XXI, pensar en el corazón inexplorado de Borneo.

Como otras selvas del mundo, Borneo ha sufrido una brutal deforestación que desnuda su misterio. La tala indiscriminada de árboles para producción de aceite de palma arrincona la vida animal, en muchos casos endémica de la isla. Sin embargo, en el sur hay un rincón boscoso, irrigado por un plácido río, en la que prosperan unos 50.000 orangutanes en libertad. Se llama Tanjung Puting, y es un parque natural protegido, con varios centros de acogida de animales. Digo «rincón» porque el área que puedes recorrer como turista está muy acotada, apenas un recorrido en barca por el río Sekonyer, pero el parque en sí es una llanura muy extensa. Me hubiera gustado explorar más a mi aire ese bosque húmedo y luminoso; en el río rara vez estás solo y los turistas se concentran en los centros de conservación, restándole encanto a la visita. Aunque, por otra parte, es agradable pensar que los orangutanes disponen de tanto espacio para ellos solos, sin ser molestados por la curiosidad de la gente.

De todas formas, a pesar de la compañía humana, es emocionante ver aparecer al primer orangután. Estás sentado en un claro del bosque, en silencio. Sobre ti pesa un calor húmedo, sin brisa alguna que lo alivie. El sudor te chorrea por la espalda mientras examinas los árboles circundantes, en busca de alguna señal de vida. Son árboles sorprendentemente familiares para estar en el trópico, de apariencia centroeuropea aunque con troncos finos y flexibles. No se mueve ni una hoja. De pronto, al fondo se agitan unas ramas. ¿Será algo de viento? No, el movimiento persiste. Y se acerca. Ves una sombra avanzando en las alturas, colgándose de tronco a tronco como si fueran lianas. Va tranquilo, sin grandes florituras, realizando hazañas acrobáticas con tanta naturalidad como si estuviera caminando por la calle. Al vernos, se queda quieto, mirándonos. Evaluándonos. Tiene el pelaje suave y castaño rojizo. Si no le da el sol, se mimetiza fácilmente entre las ramas. Si lo ilumina algún rayo, se vuelve un peluche dorado.

Finalmente, decide que no somos un peligro y baja de las alturas para comerse su ración de plátanos. Los centros de conservación les ofrecen comida para mantenerlos dentro del parque, a salvo de los furtivos, y ellos pueden acudir o no, como si fuera un restaurante.

Los orangutanes comen plátanos con glotonería. Los abren en sentido longitudinal con una sola mano y se los meten enteros en la boca, como una sonrisa postiza. Comen en silencio y guardando la vez, nunca en grupos mayores de dos o tres. Antes de marcharse, se embuten un racimo entero sin pelar en la boca y trepan para terminar de comérselo cómodamente en las alturas.

Pero lo mejor, lo más tierno, son las crías. Tienen ojos redondos de bebé, algo de pelusilla en la cabeza calva y una adorable boca arrugada. Son niños con cara de viejo, más parecidos a los humanos de lo que lo serán de mayores. Y son juguetones. Retozan amistosamente con otros pequeñajos y, si se topan con algún objeto curioso, lo incorporan a sus juegos como haría cualquier niño. Cuando se cansan, vuelven junto a mamá orangutana para que los mime. Trepan por su espalda, aferrándose al largo pelaje suave y rojizo. Es hora de irse. La madre se incorpora con su cría aferrada al cuerpo. Elige un tronco y trepa con agilidad, desapareciendo en silencio entre las ramas. Ya no quedan orangutanes en el claro, y los turistas nos retiramos con una melancólica sensación de vacío.

Las fotografías son obra de la autora, tomadas en el Parque Nacional de Tanjung Puting (Borneo).

 

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