Impresiones sobre El Cairo

El Cairo con Pirámides de Giza al fondo

La capital de Egipto es también una ciudad milenaria, aunque tiene poco que ver con la civilización faraónica. Fue fundada en el siglo II, cuando el Antiguo Egipto estaba declinando definitivamente. Su fundación puede considerarse como un puente entre un pueblo que desaparecía y otro nuevo, fuerte y muy cohesionado, que estaba por llegar. Hoy en día, El Cairo es la ciudad más grande del mundo árabe y concentra toda la historia islámica del país.

Por toda la ciudad pueden rastrearse ruinas árabes prácticamente hasta el nacimiento del Islam, aunque la más representativa es la ciudadela de Saladino. Se encuentra en lo alto de una colina y está dominada por la Mezquita de Alabastro. Su arquitectura es magnífica, aunque el polvo y la contaminación ennegrecen el blanco prístino de las paredes y estropean un poco el efecto. La terraza trasera se abre a la ciudad con unas vistas impresionantes. Al fondo, difuminadas por una neblina amarillenta, se distinguen las pirámides.

En los siglos previos a Mahoma, El Cairo fue cristiana. Aún conserva un interesante barrio copto, de callejuelas estrechas y laberínticas. En él está la iglesia en la que, al parecer, se resguardó la Virgen María con el Niño Jesús, en la época de la persecución de Herodes.

De todas formas, lo más interesante de El Cairo es el Museo Egipcio. Se trata de un edificio victoriano, no demasiado grande, tan atestado de cosas que más parece un almacén provisional que un museo. Tiene un aire a exploraciones decimonónicas. A Indiana Jones, incluso. Hay asombrosas esculturas de los faraones y de personajes de la vida corriente. Muchos aún conservan el color. En el primer piso está el famoso tesoro de Tutankhamon. ¡Cuánto oro! ¡Cuánto trabajo invertido en esculpir cada detalle de cada pieza! Si este era el ajuar mortuorio de un faraón sin importancia, ¿cómo serían las tumbas de los grandes reyes, antes de ser saqueadas? ¿De Ramsés II, de Keops, de Cleopatra?

El Museo Egipcio también guarda una colección de momias reales. Fueron «rescatadas» de sus tumbas originales para evitar su descomposición, y ahora pueden verse todas juntas en una sala del museo. La entrada hay que pagarla aparte, y no es barata, pero yo lo hice sin dudar. ¡Cadáveres conservados intactos tras más de 3.000 años! No me lo podía perder.

Sin embargo, una vez allí, sentí lástima. La sala estaba atestada y los turistas iban pasando en fila india, con gesto indiferente, por delante de las urnas de metacrilato donde estaban expuestas. Todo muy aséptico, muy moderno. Las momias eran tratadas como cualquier otra pieza del museo. Como si fueran cosas, en vez de personas.

Sí, me dieron lástima. Aquellos muñecos resecos eran grandes reyes del pasado. Invirtieron muchos esfuerzos en preservar sus cuerpos para la eternidad. Deberían estar descansando en sus bellísimas tumbas, honrados y reverenciados por el pueblo, en vez de estar expuestos a la curiosidad pública a cambio de unas monedas. Ningún gobernante actual, en realidad ningún cadáver reciente, sería tratado con tan poco respeto. Han pasado más de 3.000 años, cierto. Pero no creo que merezcan semejante humillación.

Momia en sarcófago

 

Todo esto es El Cairo. Una ciudad de casi 10 millones de habitantes. Ruidosa. Sucia. Destartalada. Y con un tráfico infernal. Sin embargo, cargada de historia. Atractiva por sus mismos defectos. Un pequeño mundo que brota en un desierto inmenso, tan vibrante que no necesita mirar fuera de sí mismo. Y custodiándolo, de guardia al borde de ese gran desierto, las eternas pirámides.

Termino con una imagen que, para mí, resume muy bien lo que es El Cairo. Se trata de un autobús turístico en el Gran Bazar de Khalili, abriéndose paso pacíficamente entre el caos de egipcios que salen a la calle un viernes por la tarde.

Autobús por el Bazar Khalili

Las imágenes son obra de la autora, tomadas en El Cairo, Egipto, en 2018. 

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