Los últimos dragones de la Tierra

 

Ciervos de Timor en Mar de Rinca

En dos áridas islas del Mar de Rinca habita uno de los reptiles más asombrosos del planeta: el dragón de Komodo. No escupe fuego ni guarda tesoros. No parece especialmente interesado en devorar humanos. Aun así, su parecido con las criaturas que tanto han hecho soñar al ser humano desde Europa hasta China es sobrecogedor.

Los dragones de Komodo son endémicos de esta pequeña región en Indonesia. Solo se encuentran allí. Parecen lagartos del tamaño de cocodrilos, con musculosas patas zambas, piel escamosa y una cola gruesa y fuerte. Tienen el aspecto primitivo de un monstruo del jurásico, y un aire de torpe lentitud que engaña sobre los riesgos de acercarse a ellos.

Son perezosos. Por la mañana, se tumban al sol sobre el suelo polvoriento para calentar su sangre, y luego descansan a la sombra de los árboles el resto del día. Llevan bien el clima seco que, sorprendentemente, regula esta zona tropical. Es difícil ver a varios juntos. Son solitarios desde su nacimiento, salvo cuando se reúnen para zamparse un ciervo de Timor o un buey. Sí, sí. Un ciervo o un buey. Los dragones de Komodo cazan animales más grandes que ellos. Su sistema es muy ingenioso: De frente, no serían rival para estos animales, así que los atacan con sigilo por la espalda, lo justo para abrir una herida profunda. Normalmente, no causan daños mortales, pero su mordedura tiende a emponzoñarse y la presa acaba muriendo por la infección. El olfato los guía hasta el animal recién muerto, y llaman a otros dragones para compartir la comida. No logran cazar con mucha frecuencia, por lo que ser generosos es la mejor garantía de una invitación al banquete del vecino.

Hay reservas naturales de dragones tanto en la isla de Rinca como en la propia isla de Komodo. Un grupo de rangers tiene base permanente en cada una, y se encarga de vigilarlos y atender a los turistas. La entrada al parque da derecho a un paseo con guía, y es emocionante ir a pie a la búsqueda de lagartos gigantes camuflados entre la hojarasca. Aunque, por insólito que resulte, el sitio donde es más probable encontrarlos es… ¡cerca de la cocina! No intentan robar comida ni esperan que les den sobras. Tan solo se tumban allí, disfrutando de los olores que emanan de la olla. Una actitud muy hogareña para un monstruo primitivo, sin duda.

Los dragones no tienen ningún depredador en las islas, así que a priori, resulta difícil entender por qué hay tan pocos. Las leyes naturales establecen que una especie endémica sin enemigos tendría que crecer de manera desbocada, y esto no ocurre. En un cruel, aunque sabio, sistema de regulación, los dragones controlan su población involuntariamente mediante el canibalismo.

Las hembras llegan a poner hasta veinte huevos de una sentada. Los esconden en nidos ajenos y los incuban con dedicación hasta que eclosionan. Pero después de nacer, la mamá dragona no ve bebés. Ve comida. El dragoncito recién nacido debe ser un bocado delicioso, y la camada se ve diezmada nada más salir del cascarón. Los más espabilados se refugian en los árboles. Los dragones adultos no son trepadores, así que las crías pasan varios años en las alturas, hasta que son suficientemente grandes para no tener que temer a sus congéneres.

Aunque ni siquiera allí están a salvo, pues ¿quién está escondido en esos mismos árboles? Nada más y nada menos que sus propios hermanos mayores, que hicieron lo mismo un par de años antes, y ahora se relamen de gusto ante una presa tan fácil. De una nidada de veinte huevos, tan solo uno o dos logra sortear la voracidad de sus padres y hermanos hasta alcanzar la madurez. Aunque si lo logran, tienen la vida solucionada. No es raro que un dragón adulto alcance los 50 años de edad. Por eso, a pesar de que no tienen enemigos naturales, su población se mantiene bastante estable. La conciencia ecológica es admirable, aunque no sé yo si me convencen sus métodos.

Las fotografías son obra de la autora, tomadas en la isla de Komodo (Mar de Rinca, Indonesia)

 

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